TEXTO: ÁLEX BRAHIM / RETRATO: HEINZ PETER KNES
TERENCE KOH
LAZY VODKA
BUNNY BOY

Con su plácida sonrisa de buen chico y los miles de rumores de aires perversos que circulan a su alrededor, Terence Koh (a día de hoy Beijing, 1980) se ha coronado a velocidad crucero como uno de los grandes referentes del arte actual. Capaz de pasar horas tomando rayas y buen vodka sin agitarse una micra, combinados ocasionalmente con alguna calada de porro o alguna esnifada de poppers, Koh revela una serena levedad de estirpe superior, esa suerte de aura de illuminati que destilan sus delicadas instalaciones. Seguramente sea esa mezcla de fulgor etéreo y vigor mundano, parte del secreto, jamás del todo revelado, que ha hecho de este chico de figura esbelta, una particular especie de negocio redondo del arte.

Con una devoción presencial y una a veces invisible pero rotunda entrega, Koh trasciende el marke-ting agresivo y salvajemente numérico de un Hirst, incorporando a su estructura de proyección de éxito garantizado el contagioso soplo de vida que infunda su creación. Terence recubre todo, por allí por donde pasa, con el aire de magia y misterio dualista que caracteriza su trabajo. Dulce y escabrosa, descaradamente provocadora y elegantemente poética, su actividad imparable es, como pocas, el fiel reflejo de los tiempos que corren para el ser humano, a caballo entre el propio desarro-llo interior y la circunscripción a la realidad. Es la capacidad de digerir esa tensión en un sincretismo armónico, la que ha hecho de su obra un personal paradigma, motivo de especulaciones sociales, artísticas y económicas y fuente de inspiración para seguidores, coleccionistas, curadores y autores de todo el planeta.

Mucho en no tanto tiempo ha pasado desde que un tipo llamado asianpunkboy se diera a conocer en revistas destacadas de todo el mundo y a través de un modelo de merchandising inusitado para el arte, en el que vía Internet podían adquirirse desde ediciones limitadas de libros de autor manufacturados hasta calcetines usados o calzoncillos con excremento y semen del artista. Este despliegue de presunta egolatría habría de coronarse en un delicatessen para coleccionistas, del que Javier Peres a través de su galería Peres Projects decidiera hacerse no sólo eco, sino motor de propulsión.

Así surgió una relación personal, amorosa, profesional, espiritual y comercial que fundamenta –y como tal lo transpira– el modelo de trabajo de Terence, que comenzara con la exposición instala-ción The whole family, en la sede de la galería en Los Angeles, y que tiene en Love for eternity, la actual muestra de Koh en el MUSAC de León, su más reciente highlight. La exposición, primera retrospectiva del artista en su trayectoria y primera presencia plausible de su trabajo en España, re-pasa sintomáticamente el universo Koh, haciendo además un recorrido pseudo-cronológico y simbólico que incluye una reproducción de aquella primera instalación, la recuperación de varias obras y nuevas piezas creadas ex profeso, inspiradas en el momentum actual de su carrera e inyectadas, desde una mirada site-specific, por inputs de antropología cultural hispanista.

Bajo el cuidadoso comisariado de Agustín Pérez Rubio, conservador jefe del MUSAC, seis estan-cias plantean un vaivén emocional, subjetivo y cargado del secretismo que caracteriza su trabajo, a la vez que recuperan toda suerte de referencias sacras y profanas en torno a la construcción de iden-tidades, las creencias religiosas y espirituales y la incidencia de los medios masivos o las subcultu-ras más concretas. El conjunto, influenciado además por corrientes artísticas de lo más variado de la instalación, el performance o arte acción, lo escultórico, lo pictórico y lo conceptual, se plantea como una experiencia sensorial integral, donde el espacio, los objetos y su disposición, los colores, los tonos y la luminosidad, entran en diálogo con el espacio-tiempo. Entre líneas, trazos de la historia y las culturas y alusiones a momentos específicos de la vida humana como la adolescencia, la madurez o la muerte, abren un espacio para la reflexión en torno al carácter cíclico de la vida, del fin co-mo eterno retorno al principio, desde la subjetiva y universalísima condición del amor como un abarcativo engranaje.

Días de montaje con un diligente, reducido y cercano, cuasi-familiar equipo de asistentes persona-les; noches de serena euforia y estupefacientes controlados como conectoras entre las jornadas, y los conejos de peluche y los diamantes de cristal en la suite, como siempre allí donde Terence vaya. Imprescindible la compañía de sus padres, con su look de orientales modernos y excéntricos que forman parte del tinglado; la de Javier, madre, hija, manager y hermana, y la de Garrick, el dulce, polite e imperecedero soulmate que ejerce de polo a tierra en ese diáfano desparrame del que Koh ha hecho su personal impronta.

Así, Love for eternity representa un acertado itinerario que transita del vampirismo plagiario de asianpunkboy al sampleo referencial de Terence Koh, en una epítome que redunda metáfora viven-cial, partiendo de la experiencia ritualizada que guía el quehacer de Koh, hasta materializarse en dimensión transitable e inundada de diálogos y reflejos abiertos. Religión, magia, colapso oriente-occidente, funerales, fiestas, resplandores, alegrías y fracasos, sensualidad y seducción, fragilidad y entereza, componen una particular y abierta sensibilidad donde lo orgánico, lo antropológico, lo queer, el paso del tiempo, el gozo mundano y la elevación espiritual se dan ferviente y sosegada cita.

Un blanco muy blanco, nuclear y enceguecedor, da la bienvenida en The whole family, donde es-tanterías guardan recuerdos infantiles y adolescentes, como un E.T., y de las paredes cuelgan con-decoraciones de conejitos, o una tira de imágenes de un bello adolescente cabeza abajo, la misma foto agujereada siempre en un lugar distinto. Traspasada la cortina 28 columnas (inspiradas en las 28 bombas que cayeran en Guernica) cuadradas de espejo negro y acompañadas de dos estroboscopios, plantean un pequeño laberinto sala de espejos; al compás de los estrobos se atraviesa el espacio, en el que dos de las columnas guardan un secreto: Pinochos quemados y escondidos previa-mente por el artista. Salidos de la oscuridad una enorme sala dorada acoge su famosa instalación de 222 neones amarillos suspendidos en vertical, a cuyos lados reposan en la pared tamañas pinturas negras realizadas con todo tipo de flujos del artista; al fondo GOD, escultura que reproduce a escala natural la última cena y en la que los apóstoles son esqueletos, mientras el cuerpo en molde del mismo Koh, desdoblado y desproveído de sus genitales, es servido como banquete. Rematan la pared del fondo dos pequeñísimos cuadros monocromos hechos de pan de oro. A la derecha de la sala, en el jardín al aire libre, una lápida de azúcar glace recoge las presuntas fechas de vida de Terence Koh (1980-2008).

Atravesado el momento dorado de amor, muerte, fluidos corporales y guiños religiosos, un nuevo blanco, esta vez azulado, acoge una gran vitrina de cristal con aristas blancas. Los cubículos, algu-nos rotos otros intactos, albergan ocasionalmente cuernos de toro y banderillas pintados en blanco. Al fondo, a través de la vitrina, dos enormes esferas blancas con neones blancos incrustados y programados, danzan estáticas. Finalmente, tras pasar agachados bajo una puertecilla, un gran salón recoge una pieza que, pese a su carácter objetual, es en realidad más cercana al gesto: una vela en forma de omega con doble mecha, a la altura del corazón de Koh, que se enciende sólo los domin-gos a las 20:30h, cerrando la ecuación y simbolizando el fin de la jornada.

Aquella tarde de inauguración la implacable convocatoria hacía la expectativa infinita. Terence Koh aterrizaba por primera vez a presentar su obra en España, preparando una primera retrospectiva para una carrera tan veloz y trascendente como la del mismo Musac. Servida la cuota de metalenguaje y la dosis apropiada de prensa y boca a boca, se daba pistoletazo de salida a las muestras individuales de Koh, Paul Pfeiffer y Salvador Cidrás, acompañadas de la exhibición de subproductos artísticos expandidos de Retorno a hansala, nueva película de la directora Chus Gutiérrez. Mein Tod Mein Tod y The end of my life as a rabbit in love, doble performace de Koh, abría paso a la visita, marcando un camino al límite entre el show-off (“No entiendo lo que dice el santo hindú”, replicó alguno) y la creación de sentido desde la experiencia cognitiva colectiva. Cuestión de percepción, supongo. La hilera de adolescentes con vestimenta angelical que le acompañaba probó azúcar glace de su lápida, para luego reencontrarle y participar en un ritual de sonidos guturales –esa suerte de lenguaje fonético propio de Terence– y juegos con palos blancos que golpeaban el suelo, hasta finalmente desaparecer. Un abandonado Koh pasaba al último recinto, donde encendería la negra vela con forma de omega, para luego esfumarse también –siendo literalmente evacuado… entre la multitud. Florecimiento, descomposición, desvanecer y el retorno al ciclo inicial, ya en la fiesta.

Noche de cuántica, numerología, holística, todo es uno, las partes como fractal del todo, MDMA-manta, lucideces que traspasan la barrera de la clarividencia, pequeños big-bangs conceptuales y emotivos, love is in the air, all is full of love, dios es amor, todas esas cosas y mucho Love for Eter-nity…

KEEP THE SECRET, UNA CASI ENTREVISTA

Describe la situación en la que estás respondiendo a este cuestio-nario. Esta es la quinta vez que tecleo esta respuesta, primero lo intenté en Nueva York, luego de nuevo en Tokio, Berlín, otra vez Berlín… Ahora estoy en Londres, en casa de un amigo bajo un vestido de esvástica de Leigh Bowery, sentado en un sillón y vistiendo mink. Acabo de hacer una lectura en la Serpentine Gallery, totalmente vestido de geisha.

¿Qué tal la experiencia en León? La exposición en León fue realmente amorosa, como el adorable aire español y el completo amor por todo y por la exhibición de Agustín y todo el museo. Fue una experiencia perfecta.

¿Qué impresión te merece tener una retrospectiva siendo tan joven? Tener una retrospectiva tan joven es fortalecedor; me gusta tener una retrospectiva, eso quiere decir que ya lo he hecho todo, así que ahora puedo hacerlo todo.

¿Qué tal ha sido crear una epítome de tu corpus de trabajo? ¿Cómo ha ido con Agustín Pérez Rubio? La instalación de mi trabajo fue muy intelectual, consideré cada obra como una persona y ha sido como poner a toda esta gente a tener una buena charla, juntos. Agustín es el comisario de más profundo corazón del mundo.

¿Cuál es en general tu opinión de trabajar con comisarios? Trabajar con comisarios depende de los comisarios, son diferentes, como todo en la vida. El mundo se ha convertido en un barco de comisarios, son como los árboles.

Define tu relación con Javier Peres. Mi relación con Javier Peres es Amor.

¿Desarrollarías, en este punto, un proyecto en una galería no principal o un centro de arte no relevante? Estoy abierto a todo. Soy el conejito que estará en donde quieras que esté.

La muerte es un tema común en tu obra, ¿Cuál es tu intención o fi-jación? ¿Cómo te sientes personalmente respecto a la muerte? Tengo miedo a la muerte, no quiero morir.

La adolescencia también está allí, ¿Por qué siempre los chicos jó-venes? Como me gustan los hombres de verdad hago a los chicos por contraste. Me hace ying yang. Todos mis chicos tienen ojos bonitos.

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