
Este es mi reino, dice Elena con los brazos abiertos y una enorme sonrisa justo cuando estoy a punto de desaparecer por la puerta de su casa escaleras abajo después de dos horas de charla que se han pasado volando entre risas. Y nadie diría al pisar la oscura portería que su reino es un piso adorable y sin mácula, de orden casi marcial. “No me mires así”, dice ella a modo de saludo, “esta casa respira perfección y me gusta, vengo de mi mundo caótico y aquí me siento relajada. Pero esto es cosa de mi chico. Por eso creo que me casé con él”. Risas. Y sentencia: “Yo soy un desastre”. Respiro tranquila.
No por nada. Me siento a gusto en espacios acogedores, por supuesto, pero me incomoda ese tipo de personas que te fulminan con la mirada solo porque pusiste el cenicero donde no debías, o dejaste el vaso en la mesa sin darte cuenta de que ahí, ¿no lo estás viendo?, justo ahí, tienes un maldito posavasos para no hacer esto tan terrible que estás haciendo. Así que si ser un desastre significa que puedo dejar la chaqueta y el bolso ahí mismo sin preocuparme demasiado, entonces vamos bien. Buena anfitriona, Elena enseguida deja claro a qué tipo de desastres se refiere, a esos que hacen que te olvides de ti misma (“si fuera por mí aquí no tendría ni muebles y dormiría en un colchón”) porque te pasas todo el tiempo obsesionado con algo, el monotema que decía un amigo. El monotema de Elena, como de tantos otros, es su trabajo. Elena es diseñadora de moda. Ella es quien firma las colecciones de Martin Lamothe, una de las marcas españolas más internacionales que en tan solo dos años y cuatro colecciones ha conseguido la complicidad tanto de profesionales de la moda como de ese público menos conservador que siempre está abierto a nuevos nombres si su trabajo resulta interesante.
Y el de Elena desde luego lo es. Curtida en Saint Martins, donde llegó a cursar un master con apenas 20 años después de haber estudiado en Barcelona en la Escuela de Artes y Técnicas de la Moda, ha trabajado además con diseñadores como Alexander McQueen (“solo estuve una temporada de prácticas con él”), Robert Cary Williams o Rafael López. Cuando era chiquita quería ser como Galliano o Balenciaga. Luego en Saint Martins aprendió que sería más interesante ser alguien como Katharine Hamnett a quien admira profundamente. Y ahora ya, asentada en Barcelona de nuevo, su ciudad natal, Elena Martín tiene claro que lo único que le interesa es ser Martin Lamothe. Una firma que tiene en los estampados su punto fuerte, pero que para nada descuida el patronaje en sus prendas, es más, es algo que en el futuro piensa potenciar. Unas prendas que se presentan a veces con formas rígidas y fuertemente arquitectónicas, como en la colección de este invierno Sandokan 2, otras más lánguidas y femeninas como en Sandokan 1, y otras que trabajan la sastrería como en Home sweet home, la colección del próximo verano inspirada en el fotógrafo Martin Parr que se pudo ver en el pasado 080 Barcelona. Sea como sea, Elena es una mujer de ideas claras que se muestra en constante evolución, pero que ha sabido crear un estilo propio en el que el diálogo entre lo comercial y lo creativo se lleva afortunadamente sin muchos sobresaltos.



Así que querías ser Galliano… Bueno, quería ser el próximo Galliano. O Balenciaga. Eso aún lo quería con 20 años cuando llegué a Londres. Pero luego al entrar en Saint Martins me di cuenta de que todo el mundo quería lo mismo. Había tantos Galliano allí que dejó de interesarme. Saint Martins me cambió todos mis esquemas. Pasé de querer ser Galliano a querer ser Katharine Hamnett y, claro, eso es muy diferente. Ya no quería hacer divas. Quería hacer algo más cercano, más real. Dejó de interesarme tanto disfraz.
No te va el circo. Al principio sí. Llegas allí siendo tan joven que todo te deslumbra, todo ese espectáculo grandilocuente que es la moda, pero luego se me pasó. Acabé Saint Martins harta de tanta competitividad. Pensé, voy a hacer algo que me divierta porque luego eso es lo que me espera. Así que me metí mucho en la escena musical y de teatro, hacía ropa para espectáculos, performances, me junté con un grupo de gente muy interesante y eso fue lo que hice durante un tiempo.
¿Qué paso luego? Pasó que a los cuatro o cinco años empecé a cansarme. Decidí que estaría bien empezar a trabajar en una gran casa, y luego decidí que si lo conseguía, eso me ayudaría muchísimo para crear mi propia marca. Por aquel entonces recuerdo que solo leía sobre diseñadoras como Sonia Rykiel, Maria Cornejo, Ann Demeulemeester y por supuesto Hamnett. Necesitaba saber cómo lo habían hecho, cómo lo habían conseguido. Y fueron ellas quienes me enseñaron que no era necesario tener una gran estructura para crear tu propia firma, ahí tienes a Demeulemeester que es una empresa casi familiar. Esas lecturas me ayudaron mucho. Además yo estaba entrenada para hacer de todo, hacía patrones, cortaba, cosía, hacía estampados, eso es lo que había aprendido en Londres. Parece que la moda es algo muy ordenado pero no lo es tanto. Claro, no es lo mismo si te vas a trabajar a Yves Saint Laurent, pero vete con un diseñador tipo… Hussein Chalayan por ejemplo, estoy segura de que él está en todo, de que es un poco así. Durante este tiempo aprendí también que tuvieron que pasar 10 años para que Ann Demeulemeester fuese conocida. Y con casi todos lo mismo. Así que aprendí a tener paciencia. Me dije, vamos a empezar despacito y veamos qué pasa.
Así que lo de trabajar para una gran casa se acabó… Sí, totalmente. Ahora eso ya lo he descartado, de lo contrario no me habría vuelto a Barcelona. Volver aquí significa un paso atrás en la lucha por llegar a esas casas. Ahora lo que me interesa es Martin Lamothe.
¿Y después de cuatro colecciones en qué punto se encuentra Martin Lamothe? Ahora es cuando por fin tengo un equipo de gente en el que confío plenamente y con el que puedo desarrollar no solo las colecciones sino otros proyectos. Desde luego mi idea no es quedarme en Barcelona. Me gustaría desfilar en Londres o París, pero París resulta carísimo y lo que tampoco quiero es llevarme luego un batacazo. Londres está más a mi alcance, allí sigo teniendo a mi gente, a mis amigos.
¿Cómo se lleva compaginar las ideas con el presupuesto final que tienes para cada colección? Seguro que es una negociación difícil que puede llegar a ser frustrante… Es algo de lo que no soy muy consciente porque no me organizo mucho. Si lo hiciera nunca empezaría. Yo voy haciendo y llego hasta donde llego. En la colección del próximo verano quería hacer unos vestidos muy monos utilizando porcelana, pero al final no pudo ser. Claro, luego miras la colección y siempre te das cuenta de lo que falta. Y sí, eso es un poco frustrante. Decir, qué pena no haber llegado, porque en ese caso era el concepto de la colección llevado al vestido. Pero si no se puede no se puede. Ya se podrá más adelante.
No has podido hacer esos vestidos y al haber tanta sastrería Home sweet home ha quedado una colección con un aire bastante masculino… Sí, es cierto. Cuando pensaba en la colección imaginaba a los abuelos en la playa sentados en un banco. Esa era la imagen. Es por eso que esta colección respira trajes, camisas abiertas, camisetas imperio debajo. Y luego para el desfile encontramos esos zapatos. Es como si viera ahora a mi tatarabuelo, a Papá Juan, sentado con el Ducados, el sombrero y el reloj de cuerda. Esa es la estampa. Esa es la colección. Y esos son los zapatos.
Aún así, la capa, una de tus señas de identidad, también ha estado presente. Claro, pero es que debo hacerla. Esta vez era en versión camisa con la capa detrás. Ocurre que las capas siempre salen en prensa y tengo clientes que siempre las compran. Esta prenda me paga la colección y prescindir de ella pone en peligro la supervivencia de la marca.
La de esta colección la desfiló Irina Lazareanu y luego la hemos visto por ahí vestida con ella. Irina fue súper maja. Seguimos en contacto desde entonces. Se enamoró de ella y la quiso comprar, así que le dije, bueno, si te la vas a poner te la regalo, y ella ahí sacando los billetes. Lo pude hacer porque tenía tela para coser otra, sino nada. Y ella: “¿De verdad? Claro que me la pongo”. Luego me llamó desde Nueva York cuando durante la semana de la moda se fue a la fiesta de Purple con la capa: “¿Me has visto? ¿Me has visto? Marc Jacobs quería que me pusiera un vestido suyo ¡¡¡pero yo preferí llevar el tuyo!!” Me gusta su actitud en plan las chicas somos guerreras. Entre lo que dice de verdad y lo que dice de mentira y que está volada es muy simpática. Te dice cosas como que en moda las mujeres tenemos que apoyarnos porque es un mundo dominado por los gays y cosas así. Me cayó muy bien. Y eso que cuando la vi entrar por el backstage me quedé muerta. Acababa de venir de México y venía hecha una zíngara, toda morena. La gente no la reconocía. Le dije, pero Irina, aquí hemos pagado por la Irina británica de piel blanca, no por la mexicana, ¿qué hiciste? Y se moría de la risa. Tuvieron que ponerle un montón de maquillaje clarito para que volviera a lucir pálida.
¿Cómo acabas tomando un nombre que parece de chico? Seguro que la gente se confunde. A veces, pero no es malo. Me da cierto relax. Por ejemplo, en París, cuando vienen los compradores a Rendez-Vous se piensan que soy de ventas de Martin Lamothe, y eso te da confianza porque va muy bien para esos momentos en que no necesitan saber que eres tan pequeño. Porque Martin Lamothe es una firma, no un desgraciado haciendo ropa. Que al final sí lo soy, pero te puedes esconder un poco. En cuanto al nombre, a mí siempre me han llamado por mi apellido. Y lo de Lamothe es por el saxofonista Ferdinand Lamothe. Empezó un poco como una gracia y al final se quedó. Siempre me ha gustado como suena ese nombre, Martin Lamothe, que además es el nombre de un cómico francés de la época de Louis de Funes. Yo pensaba que nadie se iba a acordar de él, y vaya si se acuerdan, los franceses se extrañan un montón, ¿tú cómo conoces a Martin Lamothe? Hasta me han preguntado si somos familia. Más fuerte aún, me contactó alguien de la familia que estaba haciendo el árbol genealógico. Imagínate lo bizarro del asunto, y yo ahí en plan, no, si yo solo soy una diseñadora de Barcelona que se llama así. ¿Diseñadora? Sí. ¿Con a? Sí. Vale. Muy marciano todo.